Antonio Fornieles


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Activismo social e inversores activos

Abstract geometric background of the concreteUno de los fenómenos más interesantes de estos últimos años es la agitación social que en todo el mundo ha originado la crisis. La convulsión es general y tiene múltiples manifestaciones pero la novedad, por la falta de hábito, es su extensión en los países occidentales. Observamos a diario en los medios: los grandes movimiento sociales (Occupy Wall Street, indignados, etc.), la transformación del paisaje político, la radicalización de las manifestaciones religiosas, el incremento de los nacionalismos y el rechazo general y frontal a los tratamientos que se han aplicado para combatir la crisis y sus efectos sociales. El sistema inmunológico social ha reaccionado con virulencia a los efectos de la crisis.

Obviamente esta transformación social ha suscitado multitud de opiniones, debates, reflexiones e incluso alternativas políticas, que analizan y proponen vías de solución.

Trasladándonos al mundo de la empresa, se genera también una reflexión sobre si hay algún tipo de correlación entre el activismo social y la mayor actividad que los inversores, en sus diferentes categorías, han tomado, también en este periodo, respecto de las empresas en las que invierten. O dicho de otro modo si existen elementos comunes entre estas dos dinámicas de cambio y, por encima de esto, si hay lecciones que aprender en el ámbito corporativo.

La versión más radical del cambio en los modos y estrategias de los inversores la presentan los inversores activistas (recomendable para entender el estado de la cuestión el informe sobre fondos activistas “An investor calls”, incluido en The Economist del 7 de febrero de 2015). Estos son los inversores que generan gran inquietud, a veces pánico, en los ejecutivos cuando reciben la información de que uno de ellos acaba de adquirir una participación de su empresa. La noticia suele ser el preludio de, como mínimo, fuertes dolores de cabeza con el inicio de una campaña que cuestionará agresivamente la gestión realizada.

Un par de datos para ilustrar la dimensión de estos inversores: los activos gestionados por fondos activistas se han incrementado desde 2008 a 2014 hasta los 120.000 millones de dólares estadounidenses, multiplicándose por más de tres veces, además se estima que, al menos, un 15 por ciento de las grandes empresas americanas, cotizadas en el S&P 500, se han enfrentado a una campaña activista desde 2009. Ni tan siquiera Apple, la empresa de mayor capitalización del mundo, ha estado ajena a estos ataques.

Sin embargo, por preferencia personal, valorando más la labor de los inversores con visión de largo plazo, mi reflexión se centra no tanto en los fondos activistas sino en el cambio de actitud de los inversores en general que, en estos últimos años, con diferentes manifestaciones y canales, son muchos más exigentes con los gestores de las empresas. La prueba más visible es el aumento del rechazo en las juntas generales de accionistas a las propuestas de los ejecutivos. Esta movilización se inició en el sector financiero pero ahora se extiende a todos los sectores y produce efectos contundentes en el gobierno de las empresas e incluso en su estrategia.

La cuestión entonces, consciente de la diversidad de objetivos, es qué potenciales conexiones podemos identificar entre estos dos movimientos social e inversor y qué podemos aprender en las empresas.

Un primer elemento común es la reacción que en ambos casos se ha producido a la crisis. Tras el desconcierto inicial al que siguió el rechazo a lo ocurrido y a lo establecido, los inversores adoptaron un papel más inconformista, incluso rebelde, y más protagonista. No hay nada parecido a un inversor estándar. La diversidad de intereses, de aceptación de riesgos, de criterios de valoración e incluso de creencias, determinan que haya inversores de tantas clases como casi de alternativas sociales. Sin embargo, es un hecho que, en general, exigidos por la regulación y por la necesidad de recuperar las rentabilidades perdidas, los inversores han adoptado un papel más activo y, sobre todo, más exigente respecto a los gestores de las empresas.

El protagonismo creciente de los proxy advisors, aglutinando intereses, es un buen exponente de esto, pero también es evidente en los años más recientes, como los inversores institucionales requieren un diálogo más directo con las empresas. Es cada vez más frecuente la presencia de esta categoría de inversores en los consejos de administración de las empresas.

Otra materia común, relativamente nueva para todos, es la importancia de la digitalización. Hay innumerables estadísticas que demuestran como el uso de internet y, en concreto, de las redes sociales ha dejado de ser exclusivo de unos pocos y está afectando a todas los ámbitos de relación de las personas: sociales y empresariales. El impacto de la digitalización, la conectividad digital que han favorecido las nuevas tecnologías, es muy relevante en la movilización de los inversores y está aquí para quedarse.

Ocultar información relevante se ha convertido en un imposible. No hay nada como intentar contener la información sobre un hecho transcendente para que se convierta en un instante en una campaña viral. Compartir propuestas y reivindicaciones es infinitamente más factible que hace unos pocos años. Lo difícil todavía es evaluar cómo transformar toda esa movilización que favorecen las tecnologías en algo positivo para el desempeño a largo plazo y el gobierno de las empresas. Estas dudas las estudia y expresa muy bien, una experta en esta materia, la tecno-socióloga Zeynep Tufekci “La mayor facilidad para movilizar no siempre significa una mayor facilidad para alcanzar resultados”.

En mi opinión el uso de la conectividad digital transciende el terreno de los movimientos sociales y políticos y es también en el ámbito más estructurado y de objetivos concretos de las grandes corporaciones una tendencia imparable.

Por tanto, debemos aprender a aprovechar las facilidades que ofrece la tecnología para mejorar la comunicación directa con los inversores y fortalecer la relación con ellos y evitar que otros lo hagan en una dirección opuesta.

En definitiva, un buen desempeño combinado con un buen gobierno corporativo siguen siendo los elementos esenciales para construir una relación eficaz con los inversores y también con el resto de interesados en las empresas (los stakeholders), pero las corporaciones internacionales habrán de convivir con inversores cada vez más exigentes con esos dos ingredientes. La facilidad de comparación con los logros de las empresas competidoras en el mercado de capitales y la conectividad digital traen nuevos retos de rentabilidad y de transparencia, que en las empresas tendremos que abordar con estructuras más ligeras, flexibles y abiertas.

 

Artículo publicado en Abengoa News, junio 2015 

 

AFornieles

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